lunes, 20 de marzo de 2017

Heridas

Le encantaba ver su piel rota, sangrando. Era como poder ver sus propias heridas interiores. Podía tocarlas. Cuidarlas. Curarlas. Le gustaba acariciar sus heridas físicas cada día, sentía que así acariciaba sus rotos interiores.
Pero siempre curaban antes las heridas físicas que las internas. Era mucho más fácil, mucho más sencillo. En las heridas de su cuerpo siempre había pequeñas células que se encargaban de regenerar ese daño con la mayor rapidez posible. Sus heridas psicológicas sólo dependían de ella. Nadie ni nada podían (ni querían) ayudarla. Nadie podía salvarla de sí misma, de sus pequeños monstruitos que le destruían cada día y cada noche. Nadie. Sólo ella. Pero creía que no podía, así que se escondía en las pequeñas heridas en su cuerpo para cuidarlas como nadie le había cuidado a ella.
Pero un día se le fue de las manos. El dolor físico no tapaba el dolor emocional. Y siguió dañándose más profundamente. Hasta caer y deshacerse de ambos dolores, al tiempo que se deshacía de su vida. Y, por última vez, acarició sus heridas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario