miércoles, 20 de abril de 2016

El bullying está en los pequeños actos cotidianos

A veces el bullying está en los pequeños actos cotidianos.

A veces haces bullying y no te das cuenta. A veces lo haces queriendo. A veces lo sufres y ni siquiera lo sabes. 

No es algo divertido si lo sufres. Te hace sentir vulnerable. Cada vez más. Te hace dudar de todo y de todos. Incluso de ti mismo. De hecho, te hace dudar de ti mismo en primer lugar. Te hace replantearte tu vida, tus gustos, tus actos, tus palabras, tus salidas y venidas, tus horarios, tu sociabilidad... Te hace replantearte tanto... Y no solo eso. Llegas a cambiarlo. A cambiarlo todo. Cambias todo de ti. No te gusta nada de lo que eres y cómo eres. Cambias tus gustos para intentar agradar a los demás. Cambias tus amistades, cambias tus actos, piensas más tus palabras, te encierras en ti mismo... Cambias, y dejas de ser tú mismo. ¿Cuándo empezaste a odiarte tanto?

Hubo un tiempo en que eras feliz. No te importaba lo que pensasen de ti. Simplemente hacías tu vida. Querías a tus amigos y no te avergonzabas de ellos, y tampoco ellos de ti. Reías, cantabas -aunque no se te diera muy bien-, saltabas en los charcos, jugabas, no medías tus palabras porque no era necesario, tenías tus propios gustos, gustos raros y diferentes... Raros y diferentes. Como tú. Supongo que por eso te empezaron a criticar. Por no ser como los demás.

Empezaron con silenciosas risas entre ellos. Cada vez se hacían más sonoras. Llegó un momento que te diste cuenta y empezaste a pensar que, tal vez, fuese por ti. Y no te equivocabas, pues no tardaron en decírtelo a la cara. Empezaste a pensar que el problema eras tú. Que si fueses de otro modo..., que si tuvieses otra apariencia física..., que si dejases de lado a tus amigos y fueses con otros... Quizá.
Las burlas seguían. Tus pensamientos también. Cada vez más fuertes, cada vez más seguidos, cada vez más. Así que empezaste a cambiar. A ser como creías que ellos querían que fueras. Pero aún así las burlas seguían. Y no cesaban. Llegabas a casa con ganas de encerrarte en tu habitación y no querer saber nada del resto. Cada vez salías más tarde de casa para llegar lo más justo de tiempo posible a clase, incluso si te pasabas de la hora, no te importaba. Esperarías hasta la siguiente clase. Menos tiempo de verlos y soportarlos. Salías el primero siempre por la puerta, deseando llegar a casa. Y ahí seguías encerrándote en ti mismo. Ya no tenías amigos. Los habías perdido. Ya no eras tú mismo. Te habías perdido. Ya, lo único que querías hacer, era llorar. La ansiedad acumulada durante las horas lectivas se hacía más y más fuerte. La ansiedad te ahogaba y te hacía sentir pequeño e inferior. Habías perdido todo.

En las reuniones familiares no era muy distinto. Seguías siendo el raro. Te hacían menos importante que el resto. Eras como la Cenicienta. Te empobrecían, se burlaban se ti, te pisoteaban la poca autoestima que te quedaba. ¿Cómo podías tener amigos en clase si ni siquiera tu familia te quería? Era duro. Pero ahí seguías. Al pie del cañón. Fingiendo que nada de lo que pudieran hacer o decir podía herirte. Ahí estabas, con tu sonrisa tímida, soportando burlas, comentarios críticos demasiado duros para cualquier crío. Criticaban tus gustos, echaban tus sueños por tierra, te comparaban una y otra vez con otras personas... No tenías nada en lo que refugiarte. Tan solo en ti. Y fuiste tu peor enemigo. No bastaba con permitir que te echasen abajo como a un castillo de arena. No. Tú te creíste lo que decían de ti. Tú te empezaste a exigir cosas de las que no eras capaz. Tú te seguías hundiendo a ti mismo.

Tu final tiene varias opciones: seguir derrumbándote, seguir dejando que te derrumben; o volver a confiar en ti, volver a quererte, recuperar el tú que eras, demostrar a todos aquellos que no creían en ti que se equivocaban, que se equivocaban completamente, que tú sí vales la pena, y las risas, y la vida, que son ellos quienes no merecen ni un segundo más de tu atención.

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