jueves, 10 de diciembre de 2015

Reino del frío

"En algún momento del fin de semana ocurrió. Ha conseguido entrar en mi cuerpo, traspasar mi piel, penetrar mi organismo, instalarse en mi interior. Ha llegado. El frío ha acampado en mí."

Meses después ya estoy congelada. Soy inmune a los sentimientos. Quizá puedan entrar, atravesar mi piel, pero no llegan más hondo. Son las semillas de una primavera intentando echar raíces en un invierno permanente. Resbalan, vuelan, se enredan. Pero no permanecen, y pronto se van.

El frío entró, acampó y vio la oportunidad de su vida. En un momento débil, dio un golpe de estado y se hizo con el poder del corazón. Una vez allí era sencillo llegar al resto del cuerpo, a cada rincón. Y fue progresivo. Poco a poco iba mandando pequeñas ráfagas de frío por las vías sanguíneas. Los glóbulos rojos se fundían con el frío, y varios vagones morados iban recorriendo cada rincón de mi cuerpo hasta regresar al corazón. Día tras día. Así es como iba acostumbrando al pueblo a su nuevo y frío régimen. Finalmente, llegó el día. Mandó frío constante por las vías. El pueblo, ya aclimatado, se unió en hielo.

Ahora, cada intruso, cada sentimiento que entra, solo puede resbalar, deslizarse patosamente. No tienen las capacidades necesarias para llegar a su objetivo. Y caen, ruedan, resbalan. Resbalan hasta llegar al precipicio del deshielo, donde se desintegran y mueren.

El frío, entre tanto, sigue mandando ráfagas heladas a cada zona de mi cuerpo. Y se divierte patinando en su pista de hielo particular viendo los resbaladizos movimientos de los intrusos al intentar enraizarse.

Es el reino del frío, el invierno permanente, y no hay calor suficientemente potente para derretirlo.

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