miércoles, 18 de noviembre de 2015

Rutinas

18.52. Y tú sentado frente a la ventana esperando. Esperas que las vistas cambien, y sabes que lo harán de un momento a otro, sólo tienes que ser paciente. Unos minutos más y la razón de tu sonrisa aparecerá en tu campo de visión.

18.54. La luz del segundo A del piso contiguo se enciende. Las cortinas difuminan la situación, tan solo llegas a ver la silueta marcada de los muebles. Pero no te importa, porque ese es el modo perfecto de mantener el encanto, de mantener un misterio abierto. Y entonces aparece ella en escena. Se acerca a una de las mesas y toquetea un objeto. El equipo de música. Estás seguro. Y acto seguido, comienza a bailar. Menea sus caderas alocadamente, como si la vida le fuera en ello. Y el resto del cuerpo la acompaña en un baile sincronizado pero espontáneo. Y vaya cómo se mueve. Es como si el viento la meciera y el cuerpo bailara solo.

Es una chica loca, alegre y espontánea. Hace semanas te diste cuenta que seguía esa rutina: a las 18.54 aparecía por la habitación, encendía la música y comenzaba a bailar como si realmente fuera el último día del mundo. Y así se pasaba los siguientes 15 minutos, aproximadamente. Luego paraba la música, cogía un libro y se sentaba contra la pared en el alféizar interior. Y ahí podía pasar horas leyendo uno o varios libros. Y eso te llamó la atención. Desde entonces, cuando la viste mientras tú mismo leías en tu alféizar, permaneces a la misma hora en esa misma posición, siempre permitiéndote ver su ventana.


Al otro lado, en su habitación, una chica loca, tímida y activa sigue una misma  rutina diariamente desde que observó que en la ventana del tercero C del edificio contiguo se sentaba un chico tranquilo a leer detenidamente. Ella sabía que debía hacer algo para llamar su atención, no todos los días encuentra un ávido lector. Ideó un plan, comenzó la rutina y desde entonces, cuando se acerca a encender el equipo de música, observa por la ventana si el chico en cuestión está en su ventana. Cuando él se dio cuenta de los bailes que representaba la joven, no tardó en fijarse, inconscientemente, una rutina él mismo: sentarse en su ventana a la misma hora que ella entraba en su habitación. Y ella advirtió este cambio, pues al principio él sólo se sentaba algunos días.


Hace pocos días que se ha percatado de que él cierra el libro y se queda mirando fijamente por la ventana. Su plan dio resultado. Debería pasar al siguiente paso. Pero ya son las 20.00, ha terminado de leer su libro y debe comenzar a estudiar. Otro día lo abordará, pero para ello debe trazar un plan que la beneficie.

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