lunes, 12 de octubre de 2015

Bienvenidos, de nuevo, a mi mundo

Hay veces en la vida en que tu cuerpo y tu mente reaccionan de una forma que, quizás, no fuera la más indicada. Está bien reaccionar erróneamente de vez en cuando, pero cuando no paras de errar, errar y errar, es entonces cuando comienzas a desviarte de un camino que habías trazado hacia unos objetivos. Se te ha presentado el lobo en mitad de la ruta y has decidido hacerle caso, de forma inconsciente. Y así es cómo te desvías del camino hacia la casa de tu abuelita.
Ese era mi objetivo, ella. Esa persona a la que siempre he admirado más que a nadie, la que me da fuerzas, alegría y vida. Ella alimenta mis ganas y mis sueños. Y hace algún tiempo, no sabría determinarlo en minutos, horas, días, semanas, meses o años, me desvié del sendero.
Soy un tren descarrilado que avanza por el verde y brillante prado. Soy la oveja negra que ha abandonado el rebaño, quizá para juntarme a otro donde no sea tan diferente, donde no sea yo siempre la que hace daño. Soy la cazadora tendida esperando a secar cuando comienza a llover a mares. Soy el patito feo que se creyó la historia de su adopción.
¿En qué momento me desprendí de lo que buscaba, de mi objetivo último? ¿En qué momento creé esta capa antibalas que me protege de todo y de todos tan bien que acabé incomunicada? ¿En qué momento les abandoné? ¿Por qué motivo me abandoné a mi misma? ¿Qué ocurrió para acabar cambiando a todos, a todo y a mí?
Algún día, creo, podré darle una respuesta. O, aunque no quiera admitirlo, puede que ya tenga esa respuesta pero me dé miedo afirmarla.
Estoy segura, sin embargo, que hoy marca una diferencia. Un antes y un después de esta época un tanto borrosa y, definitivamente, diferente.
Bienvenidos, de nuevo, a mi mundo. Esta soy yo, un caótico mar de pensamientos, sueños, libros, música y fotografía. Un caótico mundo lleno de precipicios por los que saltar y caer, libre, a una profunda piscina de peces, tortugas y delfines. Pero ten cuidado, puede que encuentres algún que otro tiburón ahí dentro.
Sólo los valientes se atreven a saltar al precipicio de mi mirada.

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