miércoles, 6 de mayo de 2015

Una casa blanca, un gato negro.

Me encuentro en una habitación pequeña, con apenas cuatro muebles. Está en penumbra y el único rayo de luz se cuela por una pequeña rendija entre tablón y tablón de madera. Sí, es una habitación de madera, con aspecto antiguo. Muy antiguo.

Cuando entré en esta casa no pensaba que me llegaría a encontrar esto. Por fuera parece tan hermosa, tan cuidada y brillante. Un blanco reluciente cubría la madera con la que estaba hecha, y algunas macetas con flores decoraban la entrada y las esquinas. Las ventanas de las habitaciones tan limpias y transparentes, que si te fijabas podías llegar a ver una pequeña parte de la habitación que escondía cada una.

Al entrar, me encontré con una vivienda no tan pulcra y cuidada como imaginé desde el exterior, pero podía caminar y observar cada detalle de ella sin problema alguno. Se notaba que ya no la daban uso, y el polvo y las pelusas se apoderaban de cada rincón. Pero nada que no se pudiese solucionar con un buen día intensivo de limpieza. Las paredes eran de un blanco hueso mal pintado que dejaba entrever la forma característica de los tablones de madera. Intimidad no había, pero para una sola persona no estaba nada mal.

Finalmente, decidí quedarme en ella. Había algo que me atraía hacia ella y me impedía separarme. No importaba el tiempo que tuviese que invertir en limpiarla y redecorarla a mi gusto particular. Iba a ser mi casa. Mi primera casa. Es mi casa. Sólo mía.

Hace dos semana comencé la limpieza que, en un primer momento, creí que sólo me llevaría uno o dos días. Mas tardé una semana entera en limpiarla; pintar de nuevo las paredes en un blanco más puro, casi como el del exterior; quité todos los cuadros que había colgados y tapé la mayoría de los agujeros. Colgué nuevos cuadros de fotografía más espeluznantes y vivos, de los favoritos de mi colección. Pinté la estantería de la biblioteca del salón y la barnicé con una capa para que quedase más reluciente y durase más la pintura. Vendí los muebles antiguos que me dejaron y compré algunos otros más modernos y elegantes. Cambié la cama del dormitorio por aquella que siempre deseé, y reorganicé la habitación de tal modo que sólo fuese para dormir. Preparé la habitación contigua con una mesa, estanterías, me traje el ordenador y todos mis libros de estudio. Preparé otra habitación, la más luminosa, para las fotografías de estudio. Podría aprovechar muchas veces la luz del día, mientras que otras, gracias a una persiana de estoy opaca, alejaría la luz natural para continuar con la artificial. Terminé de decorar la casa a mi gusto, y comencé a traer mis cosas, mi ropa, mis libros, mis tortugas y mis peces. Lo traje todo, todo lo importante se mudó a mi nueva casa, conmigo. Lo innecesario e inutilizable lo tiré a un contenedor de basura, mientras que lo reutilizable se lo entregué a varios vagabundos que encontré a mi paso.

Hace dos días que conseguí terminar de elaborar lo que sería el principio de mi nueva vida. Hoy me encuentro en una habitación que no había visto hasta el momento. Una habitación a la que he llegado a través de forcejear una puerta, la cual se ha cerrado inmediatamente tras mi paso. No hay luz.

Me encuentro en una habitación pequeña, con apenas cuatro muebles. Está en penumbra y el único rayo de luz se cuela por una pequeña rendija entre tablón y tablón de madera. No tiene ninguna lámpara, ni la mítica bombilla colgada del techo de las películas y series. Sólo puedo guiarme por mis sentidos. Con el tacto de las manos logro distinguir un sillón que, aunque cómodo, está roto. También hay un piano, o eso creo reconocer al tocar sin querer unas teclas y escuchar una pequeña melodía desafinada y sin ritmo. Sólo teclas al azar. Me fijo en el punto de luz que me da la rendija, siguiendo el rayo, mi vista llega hasta el alto de lo que parece una estantería, donde se divisa un diminuto pero abultado montón negro. Noto algo recorriéndome la pierna izquierda. Tras el sonido de un estornudo producido por la alergia a la cantidad de polvo acumulado en este sótano, el abultado montón negro iluminado se mueve. Es un gato. Un enorme y precioso gato. Me quedo hipnotizada mirándolo a los ojos, mientras él me devuelve la mirada. Parece extrañamente divertido. Mientras tanto, la sensación de algo recorriendo mi pierna izquierda ha aumentado, y se ha extendido a la otra pierna hasta llegar a mis caderas. Cuando quiero darme cuenta, un montón de pequeñas arañas me recorren el cuerpo, rodeándome de su hermoso y a la vez escalofriante hilo de seda. Pierdo el equilibrio y caigo al suelo. Las arañas siguen rodeando mi cuerpo, atándome de alguna manera al suelo. El número de estos arácnidos ha aumentado notablemente, y también su compañía. Noto cómo un montón de gusanos invaden mi boca, se cuelan en mi garganta y noto cómo mordisquean cada parte de mi piel y de mis órganos internos. Por la nariz se cuelan innumerables insectos de toda clase, haciéndome imposible la imprescindible actividad de respirar. Cada instante que pasa me siento más y más impotente, y se me acaban las reservas de aire. Me cuesta respirar y me noto cansada. Intento salir de allí con las últimas fuerzas que me quedan, pero son en vano. Me han acorralado, amarrado y ahogado. Ya no puedo hacer nada, sino dejarme llevar y despedirme de mi vida y del mundo.

Un momento antes de evadirme por completo, torno mis ojos hacia el gato, quien me dedica una sonrisa triunfal justo antes de voltearse y continuar en su eterno descanso.

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