domingo, 24 de mayo de 2015

19.56

Tú, que hueles a libertad.

Tú, que revuelves mi pelo como el viento,
que mis mechones se enredan en tus dedos,
que alborotas mi cabeza y mi cabello.

Tú, que arrancas sonrisas de lágrimas,
que robas miradas furtivas,
que regalas suspiros de amor.

Tú, que consigues que la soledad sea un chiste,
que haces compañía a la muerte,
que sacas de la rutina a cualquiera.

Tú,
qué suerte fue encontrarte,
o que me encontrases,
aquella noche en un bar.

Nunca me alegré tanto
de que el destino,
las casualidades,
o el momento oportuno,
me regalasen una presencia más.

Tan sólo duró un día,
si acaso unas horas,
pero aquellos cafés,
que se convirtieron en cervezas,
me trajeron la alegría de tu cuerpo,
y me alejaron de la realidad.

Aquella noche fue única.
No te volví a ver,
y tampoco espero
que algún día vuelvas,

Pero cada tarde,
a las siete y cincuenta y seis,
sigo pidiendo un café
en cualquier bar de Madrid
esperando que aparezca alguien como tú.

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